
Hace algunos meses, John Carlin, el autor de “El factor humano”, vino a San Sebastián a presentar su libro. Le hicieron una entrevista en la televisión local. Le preguntaron si le gustaba la ciudad.
-Claro. Mucho. He estado más veces. Lo que más me gusta es la comida. Los pintxos..., es increíble: entras en el peor bar de la ciudad, el bar más feo y más sucio que te puedas encontrar, y sin embargo, te pides un pintxo...¡y es el mejor pintxo que has comido en tu vida!
Algo similar pasa con Borges. Coges un libro suyo, uno de los menos conocido, empiezas a leer un cuento. No has oído hablar nunca de ese cuento (no es “Funes el memorioso”, ni “El aleph”, ni “El otro”, ni siquiera “Hombre de la esquina rosada”) y sin embargo..., es, si no el mejor cuento que has leído, sí uno de los mejores. No le sobra una frase, una puta coma; no le falta una palabra, un punto...
El próximo lunes 14 de junio se cumplen veinticuatro años de la muerte de Borges. El escritor moría en Suiza mientras, a miles de kilómetros, Argentina ganaba el Mundial. Maradona and company.
A Borges siempre lo veo en blanco y negro. A Cortázar también. Y a Bioy, aunque Bioy murió hace poquito, en 1999.
Han pasado veinticuatro años pero a mí me parecen más. Veinticuatro años son muchos años, pero tampoco tantos. Como escribí una vez, hablando de las bodas de plata de mis padres: entonces, cuando las celebraron, veinticinco años parecían muchos...; pero ahora, que pronto cumplirán los cincuenta..., veinticinco parecen pocos.
Yo tenía ocho años cuando Borges murió. O no, tenía siete; me quedaban un par de meses para cumplir ocho. Ni sabía que Borges existía, claro. Puede que tampoco supiera mucho de Maradona. Bueno, algo sí sabría: que era futbolista y tal. El mejor del mundo. El fútbol no me gustaba mucho, entonces. Pero sí recuerdo el Mundial de México, una sola cosa. Pero una sola cosa, un solo recuerdo, es mucho.
Una tarde de sol. Jugando en el barrio. Compré algunas golosinas. Chicles y demás. Los chicles traían unas pegatinas de fútbol, del Mundial. Le regalé una a L., un amigo de clase. Más tarde, fuimos a su casa. L. le enseñó a su madre la pegatina que yo le había regalado.
-Me la ha dado Nathan –le dijo.
-Qué bien.
FIN. Eso es todo lo que recuerdo de México 86. (Años más tarde L. y yo tendríamos una pelea importante; importante entonces, cosas de niños ahora).
FIN...
Es la una y pico de la mañana. Otra noche de insomnio. Estoy escribiendo tumbado en la cama, la espalda apoyada contra la pared, el pie derecho descansando sobre el armario. No sé si voy a entender la letra, mañana, si decido pasar este pasatiempo nocturno a ordenador para colgarlo en el blog...
Una última nota antes de irme a la cocina a comerme un yogur (otro pasatiempo contra el insomnio):
LECTURA RECOMENDADA: “La traición de Borges”, de Marcelo Simonetti, editorial Lengua de Trapo.